
La modernidad nació con grandes sueños de libertad para los hombres. A hombros de la Razón creyeron que sus ansias de libertad, justicia y fraternidad universales se cumplirían de forma cabal. Pero el sueño de aquella Razón produjo monstruos, como puntualmente imaginó Goya. Fueron muchos los
desastres de la guerra, y muchas las barbaridades cometidas en nombre de una endiosada Razón. El sueño se tornó pesadilla para la gran mayoría de la humanidad. Basta repasar el siglo XIX en el proceso colonizador. Konrad dejó testimonio doloroso de la
barbarie racional de occidente en su intento por enriquecerse con el trabajo de otros. El siglo XX, por su parte, es el testigo de cargo más importante para enjuiciar una modernidad que desarrolló en su seno el modelo económico y social del que ella era el epifenómeno ideológico: el capitalismo. La guerra de los 30 años de este siglo, 1914-1945, incluida la mal llamada
civil española, será el punto de inflexión de todas las barbaridades que algunos pueden llegar a cometer por ostentar la hegemonía sobre el resto. La Razón práctica se pondrá a trabajar duramente para conseguir el exterminio racional de una parte de la población y la creación de un sistema capaz de organizar el expolio global. Lo hicieron los nazis y los fascistas, pero los vencedores no tuvieron remordimientos en utilizar esos
avances científicos. Ejemplo eximio de ello es la utilización encubierta que hicieron los servicios secretos estadounidenses de la sabiduría acumulada por los torturadores nazis. Hoy es de sobra conocido que estos fueron los que entrenaron a las fuerzas de seguridad de los regímenes dictatoriales latinoamericanos impuestos por la CIA,
Central de Inteligencia Asesina.
Después de 1945 hemos vivido en estado constante de guerra. La Tercera Guerra Mundial concluyó con la victoria de Occidente contra las hordas orientales soviéticas. Fue una guerra fría con muchas bajas morales en el mundo entero y con el resultado final de un mundo poscolonial donde las multinacionales generaban la riqueza mediante el expolio constante de los países subdesarrollados. Concluida esta guerra, comenzó la Cuarta Guerra Mundial, en la que estamos inmersos. Una guerra caracterizada por la ruptura de las reglas normales de lo que siempre fue una guerra. Una guerra que tiene varios escenarios. En primer lugar el mediático, porque es necesario convencer a los propios y desalentar a los ajenos; seguidamente el virtual, una guerra de desgaste que produce una irrealidad subyugante; por último, el real, donde se aniquila al enemigo, se secuestra y tortura y se intimida al mundo entero. De todos estos escenarios, el más efectivo es el que tiene efectos sobre el imaginario colectivo. Esto se consigue mediante los medios de información, controlados en general, y el ideario paradigmático del sistema, que hace creer a todos que nada puede ser cambiado, transformado, modificado.
Por fin, los sueños se han convertido en pesadillas, y las peores son aquellas que más se parecen a nuestros sueños. Soñamos en un mundo justo y solidario, pero cuando se nos propone fielmente cómo conseguirlo, no lo queremos, porque supondría modificar la realidad, realidad a la que nos hemos acostumbrado demasiado como para querer cambiarla. Soñamos con una fraternidad universal, pero cuando está al alcance de la mano sentirnos hermanos todos, entonces surgen los recelos ante el gozo del otro, siempre mejor y más intenso que el propio. Ante este miedo a los sueños, el sistema nos propone los suyos: sociedad tecnificada donde el trabajo casi ha desaparecido y lo que queda al hombre es gozar infinitamente. El modelo es el parque temático y el objetivo construir en la tierra un lugar de felicidad constante y progresiva basada en la satisfacción de necesidades cada vez más numerosas y refinadas. Pero, para lograr este sueño hay que obtener los recursos y aquí es donde viene el abrupto fin del sueño y el comienzo de la pesadilla real.
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Bienvenidos al desierto de lo real.